Relato 28 de 30
Antonio Garcia - Mario Ibañez Gutierrez
La luz era aún insuficiente. Estaba en casa ajena y, pese a ello, su reloj interno le despertó a su hora acostumbrada, sin tener en cuenta el lugar o la orientación exacta de la estancia donde había dormido. Sin poder realizar su liturgia cotidiana de café, tabaco y lecturas antes de ir al baño, se sentía despersonalizado, tan fuera de sitio que sus torpes movimientos parecían que los hicieran unas manos suplantadoras. No era la mejor forma de comenzar el día, aunque eso ya lo supuso antes de irse a la cama. ***** Mi nombre es Antonio García -lo sé, lo sé: el nombre y el apellido más comunes que existen blablablá- y siempre he odiado a los mujeriegos: falsos, hipócritas y mentirosos. Todo vale con el único fin de marcar una metafórica muesca más en su culata. Por idéntica razón, aunque mis interlocutores no comprendan la palabra ni su sentido, odio también a las "hombreriegas".
Mi concepto del sexo y de las relaciones es muy distinto. Por eso, y buscando no sé bien qué, me vi participando en actos feministas y no me perdía un sólo año la manifestación del Día de la Mujer. La mayor parte de las veces destacaba como un verso suelto, otras, me disipaba entre un gentío variopinto pese a todo.
Empecé a ligar casi sin proponérmelo. Quiero creer que las mujeres, en esas situaciones, empatizan más con los miembros del género masculino. Yo tengo mis preferencias y mis morbos. En esta escala, las presas más cotizadas son las lideresas de los megáfonos. Y cuanto más proselitismo crean a su alrededor, más me excitan. Las siguen las porteadoras de las pancartas. Qué decir de las integrantes de la batucada, con esa maravillosa sonrisa y esa felicidad que no pueden ocultar, cuando la percusión extrema se te mete en la cabeza, tan tribal y primigenia. Si lo anterior falla, me apaño con cualquiera que vista de morado y si tienen el plus de descuidar orgullosamente su depilación axilar, mejor. ***** Era el tercer nueve de marzo que amanecía con un cadáver al lado.