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Hojas manuscritas, un lápiz y una taza de café sobre una mesa
Concurso de Microrrelatos Coslada 2026
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Relato 12 de 30

Recuerdos - Julian Priego Muñoz

Hola! Me llamo Sony, soy una cinta de casete. Pero no una cualquiera: soy una ferro-cromo-metal, de las mejores que existieron. Antigua, quizá; vieja, jamás. Hubo un tiempo en que fui la reina de las fiestas y las estaciones de servicio. Reemplacé al vinilo, porque el progreso nunca se detiene. Desde el interior de los reproductores contemplaba a la gente bailar, enamorarse y reír gracias a la música que guardaba en mi interior. Cuando aún estábamos vacías nos llamaban «vírgenes» curioso nombre. Antes de grabarnos, nuestro dueño introducía un bolígrafo Bic en una de nuestras ruedas y nos hacía girar a una velocidad de vértigo. Decía que así despegaba las primeras vueltas; yo siempre pensé que solo quería demostrar su absurda destreza con el bolígrafo, o algo parecido. Terminabamos mareadas y, en ocasiones, salíamos despedidas chocando contra los muebles o el suelo, aunque nuestros resistentes chasis soportaban casi cualquier golpe. Las cintas más humildes no corrían la misma suerte, acababan olvidadas en la basura. La llegada del walkman cambió nuestras vidas. Dejamos de viajar encerradas en la guantera de un coche para recorrer calles, parques y ciudades pegadas al corazón de nuestros dueños. Aquello sí era sentirse libres. Aún recuerdo el roce del cabezal de reproducción y la suave presión de las almohadillas. Era un placer indescriptible, sobre todo cuando sonaba Pink Floyd. A veces me embelesaba tanto que olvidaba enrollarme correctamente y, sin querer, me escapaba del chasis. Entonces aparecía mi fiel amigo, Bic, que con infinita paciencia volvía a poner orden, aunque el incidente me dejara alguna arruga y una melodía caprichosa al reproducirme en esa zona, unas veces engolada y otras de falsete. Después llegó el disco compacto y me desplazó igual que yo había hecho con el vinilo. Sin embargo, dicen que éste ha renacido. Quizá nos llegue también el turno a nosotras. Mientras espero junto a mis hermanas en el armario de los recuerdos, sigo soñando con volver a emocionar a otra generación. Porque la buena música nunca envejece; simplemente espera.