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Hojas manuscritas, un lápiz y una taza de café sobre una mesa
Concurso de Microrrelatos Coslada 2026
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Relato 8 de 30

La caja de los recuerdos - Pedro Abejer Campanario

Mateo tenía ocho años y estaba convencido de que sus abuelos escondían un secreto. Cada domingo, después de comer, el abuelo Julián desaparecía durante unos minutos en el desván y volvía con las manos llenas de polvo. La abuela Carmen lo esperaba en la cocina, sonriendo como si supiera exactamente qué estaba tramando.

—¿Qué haces ahí arriba? —preguntaba Mateo. —Cosas de mayores —respondía el abuelo, guiñándole un ojo.

Una tarde de lluvia, la abuela también subió y Mateo decidió seguirlos. Subió las escaleras despacio y los encontró junto a una vieja caja de madera. Dentro había fotografías, cartas, entradas de cine y pequeños objetos de hacía muchos años.

—Son nuestros recuerdos —explicó la abuela—. Queremos preparar algo especial para ti.

Mateo miró una fotografía en la que aparecían sus abuelos muy jóvenes, abrazados frente a un coche.

—¡Abuelo! ¡Tenías pelo!

Julián se llevó una mano a la cabeza.

—Y mucho. Fue una época terrible para la peluquería.

Los tres rieron. Durante horas, Mateo escuchó historias sobre sus abuelos: cómo se conocieron, cómo se escapaban al río, cómo bailaron bajo la lluvia y cómo, después de tantos años, seguían queriéndose igual. Al final, la abuela sacó un sobre y se lo entregó a Mateo. Dentro había una fotografía reciente de los tres juntos. En la parte de atrás habían escrito: "Para Mateo, para que nunca olvide que la familia es el mejor recuerdo que podemos guardar." Mateo, emocionado, abrazó a sus abuelos con fuerza. Entonces el abuelo carraspeó.

—Bueno… hay una cosa más.

Sacó de la caja una pequeña bolsa de plástico.

—¿Qué es? —preguntó Mateo.

Julián sonrió.

—El recuerdo más importante de todos.

Mateo abrió la bolsa y se quedó boquiabierto. Dentro había un diente de leche.

—¡Pero abuelo! ¿Por qué guardaste mi diente?

—Porque algún día —dijo muy serio— necesitaremos pruebas para demostrar que fuiste tú quien mordió el mando de la tele.

Mateo miró a su abuela.

—¡Lo sabía!¡Vosotros erais los detectives!

Y los tres acabaron riendo tanto que casi se les cayó la caja de los recuerdos.